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8 may. 2016

Decodificando ando


 Publicado el 06.05.2016 en Código Venus

Vivir en sociedad implica conocer, aceptar, o como mínimo respetar, un conjunto de normas, reglamentos y leyes anteriores a uno mismo.

Tenemos códigos de vestimenta (dress code) que dictan que hay ropa para hacer deporte, ropa que nunca debe ver el exterior y otra que nunca conocerá el exterior. Que nos hicieron llegar a pensar que usar blanco es de virgen, usar negro es de viuda o usar rojo es de puta. Que los escotes no son para las mujeres maduras ni las faldas cortas para las niñas y que la cartera debe combinar con los zapatos, los zapatos con el cinturón y el marido con la cartera.

Tenemos códigos de lenguaje, un registro de formalidad e informalidad que varía de acuerdo al nivel de cercanía con las personas que nos rodean o el objetivo de la situación social. En un pasado no tan lejano los esposos se trataban de Ud. y era también la forma en que los hijos debían dirigirse a sus padres, pero quizá hoy un/a sumis@ puede utilizarlo para comunicarse con su amo deleitándose en la distancia comunicacional en una situación de cercanía física. Y hasta reírse el lunes cuando tenga que tratar de Ud. a un jefe en un contexto muy diferente.

Tenemos códigos de conducta para la 1.0, acuerdos, contratos, pautas de convivencia: para el hogar, para el trabajo, para el tránsito, y otros para la 2.0 (netiquette): aquello que ya nadie respeta de no usar mayúsculas para no aparentar estar gritando o colocar RT por delante o via por detrás cuando se cita manualmente un tuit, para que sea realmente un retuit y no un copia y pega.

Hay más y más códigos: el de la calle, que da por sentada la supervivencia del más fuerte pero también un tipo de comprensión mutua que resulta difícil de interpretar para quien no sea un superviviente. El código de cortesía mínima, que suele variar mucho culturalmente, desde eso de “un vaso de agua no se le niega a nadie”, a dejar pasar delante en la fila a una persona anciana; y por qué no, códigos entre géneros, aquello de nunca negarle un tampón o una toallita a una mujer aunque sea una desconocida o de jamás interferir entre un cazador y su presa.

Cada país, región, cultura, grupo o sociedad tiene sus propias lenguas, sus propias costumbres, sus propios códigos. Pero los más básicos, ésos que parecieran atravesar fronteras culturales, regionales y políticas sin háberselo propuesto, son los que nos unen a pesar de toda diferencia. Por ejemplo, los códigos de cama. En este lugar tan privado y a la vez tan público, porque cada casa tiene una o algún lugar que hace las veces de una, en donde podemos ser tan únicos y a la vez, estar todos haciendo prácticamente lo mismo.

Hoy sabemos o queremos que se sepa que no somos nada más la ropa que llevamos puesta, lo que decimos y cómo lo decimos; las conductas, elegidas o innatas, repetidas o creadas ni nuestro lenguaje de cama o las constituciones de los países a los que hemos nacido sin pedirlo. No solamente estamos recodificando nuestra historia sexual con otros parámetros, sino que estamos inventando nuestro propio CÓDIGO. Conversando así, con mentes y piernas en proceso de apertura, aprendimos que si duele, no está bien hecho; que cualquier consejo de cama es malo si no apunta al placer, que en lo sexual también entra en juego la economía personal, que amante no es quien engaña sino el que ama, que ninguna vida sexual puede reducirse a cifras, que madurar es cambiar los miedos de niña por miedos de mujer y que un orgasmo puede ser música para los oídos malcogidos, a tal punto, que suenen como orgasmos musicalizados, entre otros.

Pelvicar es una manera de pasarse la vida por entre medio de las piernas y frotarla hasta que dé placer. De tomarse la vida para la zona pélvica, porque decir para el culo queda más feo; de dejar abierto tanto el espacio de arriba como el de abajo al diálogo intrapiernoso que es vivir disfrutando y dejando disfrutar su vida al otro. Si pelvicar fue un intento de hablar de sexualidad de otra forma, CÓDIGO VENUS será un espacio idóneo para la decodificación: pasar de lo que nos dicen que tiene que ser a lo que podríamos querer que sea.

Ningún código propio que pueda regir nuestra vida tiene por qué significar la inexistencia de otros distintos que puedan ser elegidos para regir la vida de otros. Y así, vivir en sociedad llegará a ser lo que cada uno de nosotros quiera que sea. Porque es más fácil aceptar un mundo, si uno mismo lo crea y tenemos un mensaje tan nuestro para comunicar, que hasta vamos a necesitar de un mundo nuevo que pueda ser un digno destinatario.