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6 abr. 2016

Don´t fake it!

Publicado en Tantras Urbanos en Marzo 2016.

Expresarse como uno es hoy puede ser visto como un derecho, pero no siempre fue considerado así ni fue ejercido en la misma proporción por personas con distintas creencias, tonos de piel, situaciones económicas ni genitales. De por si es bastante difícil encontrarse a un@ mism@, como para agregar imposiciones, presiones, expectativas y hasta demandas sociales sobre la religión, la raza, el poder adquisitivo o el cuerpo de un@.

El esfuerzo personal que conlleva hacer de cuenta que cada una de las personas con cuerpo de mujer son iguales y deben pensar, vestirse, reaccionar, sentir y tanto percibirse como ser percibidas igual es tan grande e insume tanto tiempo, que una vez comenzado el proceso de llenar el estereotipo, ya no queda espacio para la personalidad.

Diferentes íconos o ítems colaboraron con la posibilidad de fingir una felicidad ahí donde solamente había aceptación del rol social. Zapatos de tacón, medias de liga y tangas, sostenes, toallas higiénicas, faldas, tonos pastel y maquillaje colaboraron con la noción de que siempre hay que estar perfectas sin importar lo mal que se viva.

Los zapatos de tacón para que se nos dificulte desplazarnos por los espacios públicos con seguridad y velocidad ante una amenaza, mientras que nos realza los glúteos, alarga las piernas y nos obliga a contonearnos sí o sí al caminar para el disfrute ajeno.

Las medias de liga, para enmarcar como en un cuadro la pelvis y el sexo, como si para meterla hiciera falta que les dibujaran una diana.

Las tangas para realzar las caderas más anchas, facilitar el agarre, lucir como si no lleváramos ropa interior debajo de la ropa y porque son más fáciles de correr para penetrar rápidamente.

Los corpiños para que no se noten los pezones porque eso sería ofensivo en personas que los usan para su rol de madre y para que los pechos estén siempre en el lugar que el hombre eligió para ellos, bien arriba, cerca de los ojos y a una simple ojeada de distancia.

Las toallas higiénicas y los tampones, no sea cosa que manchemos o demos olor mientras estamos atravesando una parte del ciclo mensual del cuerpo que nos tocó.

Las faldas para facilitar el acceso a nuestros genitales, con o sin consentimiento.

El maquillaje para no mostrar el verdadero rostro en los espacios públicos y para alegrarle la vista a los demás como si fuéramos un payaso en un circo.

Todo parte del requerimiento social de fingir ser lo que no se es, pero luego viene la crítica: las mujeres son mentirosas, nadie las entiende, nadie sabe qué piensan, sienten más de lo que piensan, no disfrutan el sexo y fingen los orgasmos. Pero es que cuando alguien vive una mentira, termina por creérsela. Fingir el orgasmo no fue más que la conclusión lógica a la que llegó toda una generación de mujeres que vivió fingiendo una vida entera.
A las personas con cuerpo de mujer se les pidió que fingieran ser más débiles que las personas con cuerpo de hombre. Menos inteligentes. Menos aptas para las matemáticas, para trabajos pesados o de alto mando.

A las personas con cuerpo de mujer se las condenó al interior del hogar mientras que el resto del mundo se les entregó a las personas con cuerpo de hombre. No por nada sufrimos aún hoy la consecuencia de la lucha del poder por el espacio público en la forma de acoso callejero en distinto grado y baja participación en los espacios compartidos, como internet, por ejemplo.

A las personas con cuerpo de mujer se les pidió que tuvieran hijos, quisieran o no. Que tuvieran sexo solamente con personas con cuerpo de hombre, para poder tener esos hijos, quisieran o no.

A las personas con cuerpo de mujer se les asignaron tareas obligatorias, sin reconocimiento social, sin salario monetario ni emocional y sin posibilidad de negarse a realizarlas.

A las personas con cuerpo de mujer se les obligó a dejar su placer pegado al placer de las personas con cuerpo de hombre: mientras ellos disfrutaran, ellas tenían que hacer de cuenta que disfrutaban también.

No debe haber sido nada fácil (ni lo es) fingir que eres menos que el resto, ni que eres cocinera ni que eres madre ni que eres esclava. Saber que ésa es tu obligación, tu necesidad, tu lugar social, tu destino y tu única opción de supervivencia.

Por eso hoy te digo: DON´T FAKE IT! Ya que hoy expresarse como se es un derecho adquirido (al menos nominalmente aunque en el ejercicio real todavía quede mucho por lograr), aprovechemos a ser quienes somos y a disfrutar como disfrutamos. Si no por nuestro propio bien, por respeto a la lucha de todas las personas que lo hicieron posible. No finjas nada; mucho menos, los orgasmos.