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Nadie sabe lo que quiere

 Publicado el 18.05.15 en Diario El Pilin  Las mujeres no saben lo que quieren, dicen sí cuando quieren decir no , dicen tal vez c...

2 feb. 2016

Yeyo pélvico


Publicado el 14.05.15 en Tantras Urbanos

Haber llegado a tener a mejores personas en la cama, no quita el no haber llegado a tener a nadie peor en el corazón.

Alguna vez fui tonta (no joven), y aunque nunca creí en los valores, rutinas, realidades y consecuencias de ese tipo de relación que en su versión hetero para el resto del mundo pareciera ser de lo más normal del mundo durante la adolescencia (y aún mucho después), aunque decidí no perderme la oportunidad de experimentarla una sola vez, para comprobar en carne propia todo aquello que yo ya suponía que no era para mí.
El noviazgo tiene eso de hacerte creer que eres más que dos, aunque apenas seas un poco más que uno. Te obliga a verte en los pocos ratos libres que puedas hacerte, haciendo de cuenta que la otra persona forma parte de tu vida y no del tiempo sobrante. Donde no existe el concepto de privacidad, porque todo lo que ocurre en la relación fuera de la cama, es objeto de condena o aprobación de familia y amigos. Y lo que ocurre dentro de la cama en realidad no ocurre en la cama: ocurre en el carro, en la casa de los padres de uno o de otro, de algún amigo, en hoteles alojamiento, en espacios públicos. En que celebras con pequeños regalos o salidas cada mes que pasan juntos, porque ambos saben que no durará mucho.  En que eliges nombres para hijos que sabes que no tendrán y en que te fuerzas a planificar fechas de casamiento ideales, aunque todavía no estés muy segura de si eres de las que se casan. Canciones de amor dedicadas en la radio, sexo oral sin protección entre semana y maratones sexuales de fin de semana, peleas y celos aún más boludos que nosotros dos juntos; todo el paquete.
Fue él quien insistió hasta el cansancio para que yo aceptara ese título vacío y lo aceptara en mi cama. Terminé aceptándolo primero en mi cama, y después como novio.
Cumplí una a una sus fantasías, tanto las que estaban encarnadas en mi persona como las que tomaban forma en otros cuerpos.
Él tomó mis fantasías y se las adueñó una por una, incapaz de aceptar que el placer no tiene límites, nombres, apellidos ni acepto títulos de relación.
La piel se acostumbra, también cae víctima de la rutina sexual y puede hacer creer a cualquiera con poca experiencia de cama que alguien es the one cuando simplemente es un buen polvo. Pero sobre todo a cualquiera que quiera creerlo aunque sea por un momento, porque los buenos polvos, si se fuerzan a sostenerse en el tiempo, se convierten en malos ratos.
No soy del tipo de persona que se arrepiente, más bien me hago cargo y sigo adelante. Pero lo que no volvió fue esa inocencia, que llegué a extrañar aún más de lo que lo extrañé a él. Una vez un antipélvico me dijo que debo de ser una persona muy aburrida, porque ya experimenté casi todo lo que hay por experimentar y me conozco tanto que no hay lugar a sorpresas. Quizá, a pesar de su envidia sexual y su malcogimiento teledirigido, tenía algo de razón. Lamenté haber experimentado con él algunas cosas que ya nunca tuvieron sabor a nuevo con otras personas nuevas. Por un tiempo, al menos.
Me dejé usar, me dejé mentir, me dejé engañar, me convencí de que su placer y el mío eran uno solo; porque pareciera que esas experiencias vienen escritas con letra chica en las bases y condiciones del tipo de relación que decidí probar. Sobre todo antes del inevitable final.  Y lo disfruté todo sabiéndome usada, mentida y engañada, con el placer unificado hasta el displacer, con ese regusto agridulce que te dejan los latigazos de una sesión de BDSM: ese gozo del dolor elegido. Hasta que ya no lo disfruté.
Fui yo quien insistió hasta el cansancio para que él aceptara la ruptura y dejara de intentar entrar en mi cama. Terminó aceptando ese otro título lleno de ex (lleno de recuerdos, de dolores, de fracasos en común), y mucho después terminó  aceptando que cualquier cama ya nunca sería nuestra cama, sino suya o mía.
El siguió volviendo a mi cama como un adicto vuelve a caer en la tentación de consumir su droga favorita. Y yo seguí aceptándolo, pero ya sin presunciones de exclusividad ni heterosexualidad ni amor. Me contaba sus experiencias con otras mujeres llorando, como pidiéndome perdón, mientras que yo evitaba contarle las mías con otras personas, aunque no podía evitar muchas veces buscar a otr@ con quien seguir teniendo sexo después de él para evitar que su olor se quedara en mi cama. O en mi piel. Una mera prevención ante el contagio del pseudoamor.
Nuestras libidos tardaron más en despedirse que nosotros dos. Pero finalmente llegó ese día en que aceptarlo en mi cama se convirtió casi en una obligación de la costumbre, más que una necesidad del recuerdo. Ya nunca más me masturbé en su nombre. Empecé a olvidar nuestras experiencias sexuales en común, tantas nuevas había llegado a acumular en el cuerpo y la memoria. Jugó su última carta, un intento de reconciliación para no perderse una buena cama, un te amo más triste que una prostituta en Mayo o Septiembre (lejos del aguinaldo).  Y con ese no, gracias, no hubo vuelta atrás. Ya no quería que la hubiera.
Desde entonces, yo puedo decir que tuve mejores.
Y sé que él las tuvo distintas: más lindas, más jóvenes, más flacas, más de su estrato social, más experimentadas. Pero también sé que nunca las tendrá mejores.