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13 feb. 2016

Siempre somos p... hasta que se demuestre lo contrario

Publicado el 4.12.14 en Tantras Urbanos

La obsesión con medir la libertad sexual de la mujer en términos de cuan puta se es, no es más que una forma de aferrarse al pasado. Tanto para quien sabe que lo está intentando como para quien ni se lo imagina.
Nos retrotrae a un pasado histórico en que la mujer era poco más que un objeto que pasaba de manos de su padre a manos de su esposo, en esa transacción económica que dieron en llamar matrimonio, que se consumaba en el cuerpo femenino convertido en moneda de cambio. Pero esa transacción económica estaba aprobada socialmente, y la otra forma que tenía la mujer de subsistir, era a través de una transacción económica desaprobada socialmente, la prostitución.
De esta manera la sociedad femenina quedó dividida para siempre en las mujeres que acataban el mandato social con su cuerpo, dedicándolo a un solo hombre y a parir sus hijos; y las mujeres que se rebelaban contra él, dedicando su cuerpo a cuanta persona aceptaran en su cama, a ganarse el pan con la única herramienta que la sociedad les recriminaba pero les aceptaba, negándose a ser madres y seguir reproduciendo la discriminación hacia la mujer en la figura de las hijas.
Nos hace involucionar mentalmente a un momento en que surgieron el matrimonio y la familia como forma de control social y legalización una sexualidad (heterosexual) normativa, en que castrar a la mujer como género fue la medida elegida por el poder imperante para asegurar una paternidad transparente, conservar los linajes y disminuir el contagio de enfermedades.
Nos hace seguir profundizando la desigualdad de género, ya que de acuerdo a los genitales con los que se nace, el interés y presión social sobre su uso, será distinto. Si naces hombre (y heterosexual), puedes comprar placer, en formato de esposa o de prostituta. Si naces mujer, te toca venderlo, también en cualquiera de estos dos formatos. Y hasta nos hace olvidar, por un momento, que ése no es el panorama actual.
Pareciera que esta división tácita de la mujer en dos bandos, todavía tiene peso en la actualidad. Seguimos haciendo la distinción entre mujeres fáciles o difíciles, como si su postura ante el sexo fuera una característica intrínseca y no una decisión. Una mujer puede ser fácil de llevar a la cama, o difícil de llevar a la cama, en general, o quizá, el que tenga dificultades para llevarla a ella o a todas en general a la cama seas tú.
Si la sexualidad es algo que se construye y se elige, el paso de una experiencia sexual a otra forma parte de la complejidad propia de las elecciones de cada persona. Sería imposible determinar quién es fácil y quién no lo es, porque solamente cada persona sabe cómo paga por el placer de ser libre. Mucho menos asociar biológica y/o moralmente esa facilidad o dificultad para ser llevada a la cama un género, una edad, a un trabajo, a una elección de vida. Imposible, además de inútil. Pero tal vez para las sociedades antes descriptas la sexualidad no era una construcción propia, distinta para cada persona, y formaba más parte de la vida social que de la vida personal (a través de su finalidad de control social).
Este estigma persiste en la actualidad, bajo esa creencia de que las mujeres siempre somos putas hasta que se demuestre lo contrario. Incluso, aunque se demuestre lo contrario. No importa qué ropa te pongas, siempre seduces. No importa lo que digas, siempre será una provocación o una represión al sexo. No importa qué actitud tengas, siempre intentará ser comprendida desde alguno de estos dos parámetros extremos: monogamia o poligamia.
Y además, como género, eres absolutamente responsable de la conducta sexual de los demás. No es fácil, también, el que fácilmente accede a penetrar tu cama, la fácil eres tú. No es difícil de coger, aquel que rara vez consigue acceso a una cama, la difícil eres tú. Si existe aún la monogamia, es porque como mujer eliges una pareja estable, le das hijos y te quedas pase lo que pase. Si existe la polígama, es porque como mujer te niegas a elegir una pareja estable, a darle hijos, y a soportarle pase lo que pase.
La vida sexual no empieza con la penetración. No empieza con el cambio de cierto estado físico. No empieza con el matrimonio. Empieza cuándo, cómo y donde cada persona lo disponga, de forma individual, única y tan irrepetible como la persona misma. Si aceptamos que la vida sexual no empieza cuando incluyes a un otro en la cama, entonces comienza con la certeza de que podemos recibir y dar placer a través del cuerpo: la consciencia sexual. Y nadie, más que nosotras mismas, puede juzgar cuánto placer es suficiente placer, ni cuántos compañeros sexuales son suficientes, ni qué forma de vida expresa mejor nuestra sexualidad. El placer no se puede medir en números: ni en cantidad de relaciones sexuales, ni en cantidad de orgasmos, ni en cantidad de compañeros sexuales, ni en el dinero invertido.
Si pensamos en la sexualidad como un camino placentero hacia el autodescubrimiento, el encuentro de un cuerpo con otro no es más que un paso más. Y ni siquiera es el primero. Si aceptamos que toda la vida es vida sexual, empezaremos a valorar cada uno de sus elementos de forma integral y no de manera aislada. Si le damos la importancia necesaria a cada relación sexual, nos daremos cuenta de que no existe facilidad o dificultad real para llevar a alguien a la cama, existe elección.
Una persona puede comenzar su vida sexual en el momento en que lo decida, sin tener que ser por ello tildada de rápida o lenta. Cada quien sabe para qué, para quién o quiénes, es fácil o difícil de llevar a la cama. Y para qué, quién o quiénes, desea serlo o dejar de serlo. O para qué, quién o quiénes, lo será por siempre, porque tal o cual experiencia sexual no le interesa. O somos siempre un poco putas, o es que nunca lo fuimos/somos en realidad.
¿Por qué no intentamos aceptar el presente y el futuro sexual, particular y general? Los que saben que se están aferrando al pasado con uñas y dientes, por favor, ya dejen de hacerlo; al menos, con la sexualidad de los demás. Y los que no, sabiendo que al obsesionarse con la virtual putez de una mujer miran para atrás, en vez de mirar a los costados o para adelante, sepan que también pueden elegir mirar hacia otra parte.
Yo, por mi parte, elijo no hablar nunca más de cuan p... es una mujer, elijo hablar de cuan libre es.