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14 feb. 2016

Pan y fútbol, pero no sexo

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Pudiera pedir transporte gratuito y llenar colectivos o vagones de tren o subte viajando con otr@s desnud@s o precalentando hasta el lugar del encuentro sexual, quizá mientras consumimos alcohol y otras sustancias de similar uso recreativo.

(El contexto de este artículo es la Cdad. de Buenos Aires entre 2010 y 2015, aunque quizá no les resulte del todo desconocido. Por eso, en esta oportunidad, me dejé el acento).
Cuando hay partido, se paraliza durante tres horas la ciudad, por no decir el país. Este escenario, por tod@s conocido y hasta aceptado, no es disfrutable ni mucho menos aceptable para tod@s.
Si tenés que viajar en colectivo, vas a tener que esperar a que pase uno en el entretiempo, ya que muchas veces los conductores se agrupan en la terminal a mirarlo. Si finalmente conseguís viajar, soportando el partido a todo volumen sin posibilidad de pedir que se apague, o aguantando la mala conducta en público que “l@s hinchas” parecieran considerar parte del deporte, manejan como sea con tal de llegar a la otra punta a seguir viéndolo.
Si pedís una pizza, te la mandan quemada, aunque te haya salido un ojo de la cara, en vez de no atender el teléfono o cerrar el negocio. Si hiciste una compra, se suspende el envío, aunque se trate de un medicamento o de un insumo médico y ya esté pago. Si prendés la TV para ver el clima o para saber cómo está el tráfico, te es imposible encontrar algún canal que no esté emitiendo repeticiones, análisis o comentarios del partido como si de noticias se trataran.
L@s policías que pagamos con nuestros impuestos y que deberían estar distribuídos en toda la ciudad, se dedican al evento, en el barrio y cancha que correspondan, dejando al resto de la ciudad desprotegida, en vez de obligar a que cada equipo pague su propia seguridad privada o destinar un destacamento especial sin prescindir de la seguridad de siempre. L@s que no están abocados al partido, se meten en bares, restaurantes y estaciones de servicio, en un intento por ver el partido en su horario de trabajo. L@s que todavía tienen de ganas de trabajar, lo escuchan por la radio, parados en su lugar, pero sin prestarle atención a lo que realmente importa.
¿Se imaginan qué ocurriría de tener que dirigirse a una comisaría a denunciar, por ejemplo, una violación en día (o noche) de partido? ¿O tener un accidente cuando los servicios médicos están atestados atendiendo los resultados de la violencia de cancha?
En clínicas y hospitales, quizá lo último que escuche un moribundo es un grito frenético de gol y quizá haya menos personal atendiendo mientras se turnan para verlo o para resolver las urgencias antes mencionadas. En escuelas, se da por sentado que el interés regional es el del fútbol, se masifica su aceptación y se educa consciente o inconscientemente para su consumo, llegando a ver partidos en hora de clase cuando hay torneos “importantes” o aceptando que l@s alumn@s lo escuchen en los celulares, que la educación en sí misma no es más importante que aquellas costumbres que unen al país, por bárbaras que sean.
Y podría seguir así hasta el cansancio, dando ejemplos de situaciones reales que atravesamos quienes no participamos de la locura futbolera pero nos vemos forzados a convivir con ella, como quizá le haya ocurrido al 1 de cada 100 habitantes que no estaba del todo de acuerdo con el circo romano en otro momento histórico.
Todo se justifica a través de la afirmación de que es una pasión nacional, y el refuerzo constante a través de la publicidad, de las opiniones y hasta de las políticas públicas, de los estereotipos del argentino futbolero.
Y esta justificación se personaliza cada vez que alguien incumple sus responsabilidades, genera disturbios en el espacio público o impone actitudes que supone “normales” y puede responder: es que hay partido.
Existen personas en nuestro país que no miran fútbol, no comen asado, saben que no viven en la europa sudamericana, no se creen más que las personas de los países limítrofes, no disfrazan su necesidad de liberar tensiones de uniformes coloridos, ni buscan enemigos en quienes simpatizan con actividades o ideas que a ellos les resultan antipáticas, e intentan ejercer sus derechos sin incumplir sus obligaciones o sin propasar el derecho ajeno.
Porque, ¿recuerdas ese dicho de donde termina la libertad de uno empieza la del otro? Te apasiona el fútbol, a mí me apasiona el sexo. ¿Te imaginas lo que ocurriría si yo…
Me pusiera a tener sexo, mirar porno o a masturbarme durante mi horario de trabajo de forma visible o audible.
Si intentara tener sexo en la vía pública.
Si intentara reproducir en público y a todo volumen un vídeo porno.
Si intentara realizar mis tareas cotidianas desplazándome desnuda por los espacios públicos.
Decidiera no trabajar en esos días en que he decidido tener una maratón de orgasmos, una orgía o simplemente no quiero dejar de tener sexo.
Pudiera viajar en transporte público teniendo sexo a la vista del resto de los pasajeros.

Pudiera tener orgasmos públicos, como en aquella película de Meg Ryan, pero sin fingirlos…?
Seguramente, no te lo imaginas. Y eso es porque el pertenecer a la mayoría que consume fútbol te da derechos que a mí me son negados por pertenecer a la minoría que no lo consume. O que es fanática de otro deporte menos popular, como el sexo.