Entrada destacada

Nadie sabe lo que quiere

 Publicado el 18.05.15 en Diario El Pilin  Las mujeres no saben lo que quieren, dicen sí cuando quieren decir no , dicen tal vez c...

28 feb. 2016

No me gusta que toquen mis cosas

Publicado el  13.04.15 en Diario El Pilin

Le tocaste el culo a mi novia. Deja de hacerte la linda cuando está él. Me estoy comiendo a tu ex. Me pones los cuernos y te mato. Todos los hombres son infieles, lo que nunca sabes es con quién. Todas son maneras de decir la misma cosa: ¡no me gusta que otras personas toquen mis cosas!
Los celos son la consecuencia lógica de un mundo en que no somos dueños ni siquiera del cuerpo en que transitamos nuestra experiencia terrenal.

Llegamos sin pedirlo, nos vamos sin quererlo. Y mientras tanto luchamos nuestras libertades individuales a nuestros gobiernos y perdemos: no podemos suicidarnos, no podemos drogarnos, no podemos aprender ni educar como mejor nos parezca, no podemos tener sexo de la forma en que se nos ocurra, no podemos cuidarnos 100% de parir, no podemos abortar, no podemos tratar nuestras enfermedades de la forma en que se nos ocurra, no podemos tener acceso a la eutanasia ni darla aunque nos la rueguen en el lecho de muerte, no podemos morir y ser enterrados sin pagar impuestos por haber muerto y otros tantos por el entierro.

Como somos poseídos, no podemos comprender otro modo de relacionarnos que la posesión. Y creemos, porque nos dejamos convencer, de que hay una única manera de amar y un único contrato de sexualidad compartida posible. Aceptamos una supuesta exclusividad de cama impuesta a rajasábana, como forma de reafirmar esa posesión sobre alguien, y reafirmarle a alguien que somos de su posesión.

Los celos son la confirmación de la esclavitud de nuestros sentidos más íntimos. Nuestro ideal de libertad define nuestra posibilidad de buscar otras formas de sentir placer y de complacer. Pero este también es modificado por nuestro ejercicio de la libertad, que, generalmente, es nulo. Lo único que nos queda es imaginar la libertad e imaginarnos también más o menos libres de celos.

Los celos, como los músculos, se ejercitan. Para ejercitar los músculos de la posesión del cuerpo y de la exclusividad sexual, un buen ejercicio es la vida Swinger, la idea de poder compartirse no como individuos, sino como pareja.

Los acuerdos de fidelidad no pueden ser de incumbencia ni de decisión de nadie más que de las partes. Podemos intentar obligar a una persona que no cree en la monogamia a ser monógama y el resultado más evidente, a largo o a corto plazo, será el “engaño”. Si los celos son, teóricamente, el resultado de la ruptura de las cláusulas del acuerdo de fidelidad, ¿creando nuestras propias reglas no podríamos combatir la raíz de su existencia a nivel pareja? Pero los celos no son lógicos, nos dicen. Son una huella de nuestra parte animal. Yo creo que son lógicos, pero no de una lógica propia, sino de una social impuesta. Y que son una prueba de nuestra salvaje cultura.

Pero una vez que se ha llegado a la mayor apertura ya no se puede volver atrás. Ni tampoco empezar los ejercicios de estiramiento cuando esos músculos se han endurecido para siempre.
Cuando aprendes a ser celos@, un poco porque quieres aprenderlo y otro poco porque te dejas enseñar, hay pocas posibilidades de desaprenderlo. Cuando eliges no aprender a serlo, se abren nuevas perspectivas de relación y posibilidades de imaginar interacciones distintas a las “obligatorias”.

Muchas veces las personas más celosas son las que más probabilidades tienen de “engañar” y simplemente terminan viendo su propio reflejo incluso en personas y situaciones improbables. Muchas veces las personas menos celosas son las que más se rebelan a órdenes sociales, culturales y económicos con los que no están de acuerdo pero dentro de los cuales tienen que sobrevivir.

Los celos del hombre hacia la mujer son algo a lo que la sociedad nos acostumbra como algo esperable. Los celos de la mujer hacia el hombre son algo a lo que la sociedad nos acostumbra como algo reprochable.

Un hombre que cela a una mujer, siempre está en su derecho. Una mujer que cela a un hombre, siempre está desequilibrada. Las desigualdades de género se reproducen hasta en la sensación de sentirse en derecho de poseer a otro y de expresarlo.

Muchas personas celosas creen que no pueden cambiar o incluso se (auto)convencen de que no deben hacerlo. Constantemente recibimos mensajes dejando en claro en qué situaciones debemos o deberíamos celar o ser celad@s, cuando es correcto que un hombre o una mujer se enojen con su pareja o con una posible amenaza del medio a su my preciousssss! Pero si en vez de recibir mensajes ajenos, empezáramos a sentarnos a la orilla de nuestro mar interior y a esperar nuestros automensajes en la botella, quizá terminaríamos preguntándonos: ¿Soy realmente celos@? ¿Cuándo, cómo, por qué? Quizá si tuviéramos el espacio para manifestarnos como somos, habría detalles, situaciones, personas distintas a las esperables que nos dieran celos, o podríamos empezar el trabajo interno de desarrollarnos y crecer (que no es lo mismo que crecer y reproducirnos).

También se dice que quien no te cela, no te quiere, cuando en realidad, quizá sea justamente lo opuesto: que quien te cela, se quiere más a sí mismo.

Si queremos a alguien, le deseamos lo mejor. Y si lo mejor, por un momento, no somos nosotros mismos, desde el cariño tendríamos que poder entenderlo. Si entendemos, tendemos a aceptar. Y si aceptamos, tendemos a reajustarnos a las situaciones, volviéndonos más flexibles, que además de menos duros también significa más difíciles de romper.

Nadie que elige caminar su vida a tu lado te pertenece, ni siquiera las personas que puedes traer al mundo te pertenecerán. Aunque en un sentido más amplio, todos pertenecemos al sistema. Y al sistema tampoco le gusta que le toquen sus cosas.

Lo que pasa es que I DON´T LIKE OTHER PEOPLE TOUCHING MY THINGS! ¿Y tú?