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28 feb. 2016

Ni amistad ni derechos ni sexo

 Publicado el 30.03.15 en Diario El Pilin

Ya se han escrito libros, artículos y hasta tuits sobre el tema resaltando su aparente novedad. Pero esta forma de relacionarse, que -de acuerdo a la generación a la que pertenezcas (o a la que sientas que perteneces) y al estilo de vida que adoptes (o que heredes) puede parecerte nueva o vieja, natural o antinatural-, no es en realidad un hallazgo sexual social de esta época. 

Sin querer ponerme a discutir sobre sus orígenes como forma de relacionarse o sus no pocas mutaciones a través de distintas épocas porque me llevaría a extenderme casi tanto como me tomaría encontrar a alguien que pudiera realmente sostener en el tiempo este tipo de situación no sentimental, me atrevería a decir que la gran diferencia hoy la hace la masificación del fenómeno en la comunidad heterosexual (orientación sexual normativa) cuando antes resultó algo aislado o limitado a algunas comunidades específicas (“hippies”, BDSM, LGTB).

Hoy ya no nos importa (o hacemos de cuenta que no nos importa) si va en contra de la moral y buenas costumbres tradicionales el tener sexo por deporte y encontrar a alguien (o álguienes) para una relación exclusivamente sexual más o menos estable e incluso referirnos en público a esa/s persona/s como nuestr@/s amig@/s con derechos. Parecería el plan perfecto para coger sin culpas, sin ataduras, sin consecuencias, y aún así es posible que la sexualidad hetero siga arrastrando en la actualidad sus culpas históricas, sus ataduras morales y sus consecuencias biológicas, sin importar lo que intentemos (re)inventar para evitarlo.

¿Qué culpas históricas? No puedo evitar pensar al escuchar esa frase: “derechos de cama”, en las obligaciones sexuales y reproductivas impuestas a la mujer por el hombre desde la mirada sexista del casamiento, o en la prima nocte, el derecho a desvirgar a la mujer en su noche de bodas reclamado por los nobles en terrenos conquistados, y que en otras culturas tenía (y/o tiene) el padre de la “novia”.

¿Qué ataduras morales? Si pensamos en que esta forma de relacionarse sexualmente y descartar se relaciona con la sexualidad masculina socialmente concebida como tal, ¿no será toda esta amistad con derechos otro truco más para lograr llevarse a la mujer a la cama sin casarse ni admitir una vida poligámica (o una vida sexual promiscua, como más le guste pensarlo) desde la sexualidad femenina socialmente concebida como tal?

¿Qué consecuencias biológicas? Mientras no exista una anticoncepción 100% infalible, acompañada por el ejercicio real del derecho a decidir, la sombra de un posible embarazo no deseado seguirá oscureciendo las noches de sexo más que un cielo sin luna y seguirá significando una desventaja para la mujer el no poder elegir no parir a la hora de elegir tener múltiples compañeros sexuales.

En este contexto de cama en particular, y en este contexto general de lucha por las libertades individuales negadas por las empresas y los gobiernos, al hablar de derechos en realidad terminamos casi siempre hablando también de obligaciones. Entonces, si cambiamos el término a amigos con obligaciones o con obligación de cama, ¿continúa resultando igual de sensual y novedoso?

Más que con derechos, me parece pertinente ajustar la frase a con derecho, porque en realidad, el derecho único que se tiene es el de tener sexo esporádicamente en una relación amistosa no necesariamente esporádica. La amistad, con o sin derecho de cama, tiene derechos y obligaciones, como surgen de cualquier contrato social, de forma tácita o explícita. Lo mismo ocurre con todo encuentro de cama: al tener sexo con alguien distinto de nuestra propia mano, ejercemos nuestra libertad pero también tenemos la obligación de hacernos cargo de ciertas consecuencias (emocionales, físicas, espirituales, biológicas), sea esa persona nuestra amiga o no. El no hacerlo no nos convierte en amig@s con derechos, nos convierte en personas incapaces de responsabilizarse de su propia sexualidad.

Si bien percibo como algo positivo el fin de las tensiones generadas por la amistad entre el hombre y la mujer heterosexuales, también entiendo como negativo el hecho de terminar creyendo que toda persona con la que lleguemos a tener sexo tiene que ocupar necesariamente un papel en nuestras vidas. Y si esa persona realmente lo ocupa, muchas veces la amistad que debería generar más confianza a la hora de traspasar los límites de la cama, a veces se torna en competencia, presión o expectativa incumplible. O el simple hecho de conocer tanto al otro te hace terminar forzando una sensación sexual donde puede no haberla, en una especie de incesto moral, si tenemos en cuenta aquello de que “un@ amig@ es un@ herman@”.

Hay distintos tipos de amistades, algunas están preparadas para pasar por la cama y otras pueden romperse justo después de hacerlo. Hay distintos tipos de relaciones sexuales, algunas están preparadas para salir de los límites de la cama y otras, nunca tendrían que hacerlo.

En el mejor de los casos, aunque la amistad en otras culturas o épocas sea o haya sido un tipo de relación tan íntima que descarta lo sexual como forma frívola de vincularse, en nuestra cultura y época entendemos como amistad el tener en común algunos LIKE o FAV en nuestras redes sociales populares y como derecho de cama el poder usar sexualmente y descartar como ser humano a esa persona que acepta el contrato.

Y, ¿quién podría osar no aceptarlo: querer solamente sexo o solamente amistad? Finalmente, con la popularización de esta práctica así como de esta denominación, no sé si hemos renunciado a la amistad, a nuestros derechos (y obligaciones) sexuales, al sexo sin compromisos ni etiquetas, o a las tres cosas.