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14 feb. 2016

La guardería de la vida


Publicado en Febrero 2016 en ConLaOrejaRoja

Si tanto querías tener hijos, ¿por qué te cuesta tanto convivir con ellos? Pasan más tiempo en la escuela, en la casa de los abuelos, en la casa de los compañeritos o conectados con otras personas via internet, que con vos.

Cortesía Huffington Post
Cortesía Huffington Post
Cuando salís al banco o a hacer un trámite, no falta hombre o mujer que lleve alguna de sus últimas creaciones para colarse en la fila con impunidad social.
Cuando viajás en transporte público, no faltan llantos, peleas, mocos y hasta la violación del espacio personal justificada en “es un niño”. El niño lo es, pero tú eres un adulto y eres responsable por la forma en que se conduzca en público.
Cuando salís a la calle, corren lejos de la persona a cargo y se da el fenómeno de la educación a distancia: padres o madres que gritan a viva voz el nombre del niño en cuestión pero sin tomar acción real para que dejen de correr, de molestar, de tocar lo ajeno o de cruzar la calle con el semáforo en rojo.
Cuando salís a la plaza, vos tenés que tener cuidado de que el chico o chica no te toque el perro, aunque le hayas puesto correa, bozal, pañuelo amarillo indicando insociabilidad y lo tenés encima para que no moleste. Y al dueño del perro la ley le obliga a juntar la caquita con una bolsa, a llevar el comprobante de las vacunas al día y a sacrificarlo si llega a atacar a alguien en la calle. Lo mismo no ocurre con el dueño del niño.
Cuando salís a comer, en vez de sentarse a comer en familia, circulan en otras mesas en las que intentan pasar un buen rato personas sin hijos, mientras los padres comen cómodos y tranquilos o aplican lo del grito a viva voz, con nulo resultado, más que el de intensificar la molestia ajena. Cuando salís de compras, tenés que sobrellevar las peleas simbólicas o hasta físicas del tira y afloje de la economía familiar. Si el niño quiere esto o aquello y el responsable no lo quiere o puede comprar, te vas a enterar hasta si llevas auriculares.
Cuando vas a hacer un curso o a cursar, ahora hay que aceptar sin decir ni mú y mucho menos poner cara alguna, que las personas que no tienen con quién dejar los hijos los lleven a la cursada. Y ni se te ocurra decir malas palabras, hablar de sexo o tocar algún tema prohibido para menores, aunque sea justo eso de lo que se trate la clase.
Cuando vas a un baño público “de mujer”, te encontrás con la mesita esa pegada a la pared que hace las veces de cambiador, como recordándole al mundo tareas asignadas de acuerdo al rol de género, porque en un baño “de hombre” no encontrás dicho elemento. Y por si fuera poco, nunca hay baño de “niños, niñas y adolescentes”, así que generalmente el baño “de mujer” se transforma en baño “de madre”, casi como si ‘madre’ y ‘mujer’ fueran de una sinonimia indiscutible. Así que ya sabés que además de convivir con un montón de mujeres con ganas de mear, retocarse el maquillaje para estar aceptables o de cambiarse la toallita, te toca convivir con sus bebés y sus niños, a veces hasta de doce años de edad, que ya te miran el escote de forma poco infantil mientras esperan.

Me parece que el último lugar que la infancia no ha invadido aún son los hoteles alojamiento, aunque en cualquier momento ponen un salón de juegos para niños en algún rincón de los espacios de espera, por si te falló la abuela, la niñera o tu mejor amiga también está tratando de ponerla y no te lo puede cuidar.
Habría que ver a efectos de marketing si sería realmente provechoso, o medir qué cantidad de personas captarían la indirecta de “cuidado con los accidentes y no los de auto”. Cuidar los niveles de volumen, respetar el espacio personal, respetar el orden de llegada, seguir normas básicas de tránsito en espacios públicos parecieran no ser ya tareas paternas/maternas sino sociales. Lo escuchamos muchas veces cuando, viajando en un ascensor en un tántrum infantojuvenil, el primer y último recurso disciplinario paterno/materno es esa frase de: mirá esa señora cómo te mira, te va retar. O le voy a decir al policía de la esquina que te lleve.
La vida es una guardería, tanto para quien ha elegido que así lo sea, como para quien no. Y éste es el momento de la descripción de una forma de percibir en que las personas que eligen no beneficiarse del uso de los métodos anticonceptivos se unen en comunidad y me saltan al cuello. No es un crítica, es una observación.
Algo que observamos a diario muchas personas que elegimos no continuar el mandato biológico y hacer lo que nos dicta el cuerpo. Y no podemos decirlo a la cara de quienes convierten la vida entera en una guardería porque estamos mal vistos o incomprendidos. Ya está, lo vengo pensando hace mucho; ya lo dije. Tengo el mismo derecho a expresar mis opiniones que tu hijo a gritar en el medio del shopping cuando no le compraste lo que quería o a revolcarse en el piso en la sala de espera del consultorio del médico, cuando yo desearía estar haciendo lo mismo, pero ejerzo un cierto control social. Está tan vigente la cacería de brujas en contra de los fumadores, que nos olvidamos que el logro del sector fumador/no fumador también podría, equidad y sanidad mediante, trasladarse a otros ámbitos de las decisiones personales que también tienen consecuencias globales, en la figura del sector con niños/sin niños.

¿Alguien puede pensar en los niños? Me parece que la primera persona que tiene que pensar en los niños es quien elige tenerlos. Y la segunda, y la tercera. El resto de la sociedad podemos estar ahí cuando esta persona falla en su rol, como es tan común y tan socialmente aceptado, de proveedor, protector, ejemplo, cuidador, tutor, ministro de economía, médico casero, guía espiritual, gurú sexual y hasta brújula humana.
Y no falta el boludo que te dice “los niños son de todos”. Sí, claro, serán de todos, pero el que la puso sin condón, fuiste vos, no yo. Si tanto querías tener hijos, ¿por qué no convivís vos con ellos en vez de que tengamos que aguantarlos los demás?
No te enojes, es una pregunta, nada más. Si no me la querés responder a mí, está bien. Respondétela vos, para adentro, bajito, nadie más tiene que escuchar la respuesta. A ver si en alguna parte sentís un poquito de responsabilidad, si no por tus elecciones de vida, por la consideración que obligas a los otros a tener, consideración que no tienes la cortesía de devolver.  Y responsabilidad, no culpa, porque la culpa te lleva a victimizarte sin hacer nada, pero parte de la paternidad/maternidad responsable es enseñar la convivencia en espacios públicos, que por mucho que te pese, no son todos guarderías.