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28 feb. 2016

Gemidos

 Publicado el 1.06.15 en Diario El Pilin

Los hombres no lloran, nos dijeron. Pero parece que tampoco gimen, me digo.
Estamos más que familiarizados con los gemidos de la mujer. Casi toda representación de sexo heterosexual o lésbico, ya sea en el contexto del porno, videos musicales, programas de televisión y hasta textos de distinta índole, tiene alguna descripción o instancia de un gemido de placer femenino. Incluso hasta podría decirse que hubo cierta presión social sobre la idea de que si una mujer no gime en la cama, es porque no está disfrutando. Hoy hay estudios que intentan demostrar lo contrario, con planteos del tipo “la mujer gime con una función social, no para su propio goce, sino intentando excitar a su compañero sexual”. 

Nunca se propuso la posibilidad de que un hombre que no gime es un hombre que no siente. Quizá porque los sentimientos y sensaciones masculinos, al acercarnos a un ideal de igualdad, empiezan a callar por su ausencia. ¿A qué suena un gemido de varón? ¿Es grave o es agudo? ¿Es largo o corto? ¿Ocurre solamente en el momento del orgasmo o puede ocurrir en diferentes momentos de la relación sexual? ¿Cuántas veces, escuchando ecos de sexo ajeno, los escuchaste a través de una ventana o una puerta? ¿Qué sensación te generaron: excitación, curiosidad, rechazo o complicidad?
La comunidad gay ha realizado un gran aporte en cuanto a la aceptación de la sensualidad masculina, la posibilidad de que su cuerpo desnudo sea tratado como objeto al igual que el de la mujer en la comunidad hétero (generando igualdad de condiciones dentro de la desigualdad que supone ser tratado como objeto, independientemente del género). Aunque quizá esto tenga como consecuencia la asociación de lo sensual y erótico en el hombre como patrimonio exclusivo de la homosexualidad, y no una característica del colectivo hombre independientemente de su orientación sexual. 


Quizá el hombre no gime porque gemir podría identificarlo con hombres que gustan de otros hombres. O podría sentirse haciendo cosas de mujeres, si la única que tiene el derecho y hasta casi la obligación de gemir, es la mujer.

De acuerdo a una distribución tradicional de los roles socioculturales, el ámbito que le corresponde al hombre por derecho es el afuera y a la mujer, el adentro. El hombre tendría que poder desenvolverse en el espacio público sin problemas, manejar con naturalidad situaciones de contacto constante con extraños, usar su voz para convencer y conseguir lo que sea necesario. La mujer tendría que poder desenvolverse en el espacio privado sin problemas, manejar con naturalidad las tareas del hogar, la economía doméstica y ocuparse de los hijos o de los adultos mayores a cargo. El hombre pierde su voz “de adentro” mientras que la mujer ha perdido su voz “de afuera”.

Much@s podrían decirme que estas ideas son anticuadas, y no es que no lo sean, pero creo que la creencia general es que el impacto que generaron en las relaciones entre los géneros ya ha desaparecido, cuando lamentablemente sus secuelas siguen bastante vigentes.

Creo que hemos estereotipado hasta el placer. Visualmente, todo lo que tenga que ver con él está relacionado con la imagen de un cuerpo específico de mujer pero también con el sonido de la voz de la mujer. La voz orgásmica del hombre ha quedado muda y ni siquiera nos detenemos a escuchar para empezar a entenderla en su silencio. ¿Tiene el hombre el mismo derecho a sentir placer que la mujer? Y si lo tiene, ¿está lo suficientemente representada esa forma de sentirlo, tanto de forma física como auditiva?

Las ideas sobre cómo sienten los hombres en la cama generalmente giran en torno a la eyaculación, a buscar recursos para retrasarla en pos del placer femenino que supuestamente necesita más tiempo. Cuando hablamos de zonas erógenas, las masculinas que se presentan casi siempre giran alrededor de los genitales, mientras que se dice que la mujer las tiene distribuidas por doquier.

¿Qué pasa con nuestras voces de cama? En la cama las mujeres gritan y los hombres callan.
Los invito y me invito a empezar de nuevo, a volver a escucharnos como si la igualdad de condiciones hacia la que avanzamos muy lentamente ya estuviera en su plenitud, a disfrutarnos como hombres, como mujeres, como personas, como lo que se nos dé la gana y a liberar, junto con nuestro placer, todos nuestros gemidos.