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2 feb. 2016

Fueron dos décadas muy buenas

 Publicado el 21.05.15 en Tantras Urbanos

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fue un año muy bueno para perderse a una misma de cama en cama con la excusa de encontrarse,
fue un año muy bueno para curios@s, fanátic@s, arrepentid@s, falsas amistades, usuari@s recreacionales de drogas, los viejos verdes, las cougars, el movimiento swinger y los ex, aunque no haya sido un año tan bueno para mí.
Cuando tenía veintiún años.

Cuando tenía veintidós años fue un año muy bueno:
fue un año muy bueno para l@s desorientados que encontraron su norte sexual en mi cama,
para las discotecas, para los trenes, para las esquinas, para los autos en movimiento,
para correrme de etiquetas y roles que elegí no elegir, mientras no paraba de correrme.
Fue un año muy bueno para la desorientación propia que encontró su norte sexual en mi cama.
Cuando tenía veintidós años.

Cuando tenía veintitrés años fue un año muy bueno:
fue otro año muy bueno para las virginiawolfescas habitaciones propias,
para los visitantes nocturnos, para las guitarras, para las botellas vacías y los orificios llenos,
para todo tipo de música sin sonido, todo tipo de humos y todo tipo de sexualidades; también
fue un año muy bueno para las empresas de lubricantes, píldoras anticonceptivas y condones.
Cuando tenía veintitrés años.

Cuando tenía veinticuatro años fue un año muy bueno:
fue un año muy bueno para las propuestas de casamiento no respondidas,
para el amor sexual y el sexo enamorado, para los colchones en el piso y la destrucción de camas,
fue un año muy bueno para el fin de la amigarchez y los vecinos escuchando detrás de la puerta,
para hacer de un cuerpo un amuleto erótico personal entre todos los otros cuerpos,
y para el miedo a un futuro monogámico.
Cuando tenía veinticuatro años.

Desde los veinticinco hasta los veintisiete años fueron unos años muy buenos:
fueron unos años muy buenos para el descubrimiento de todos los tipos de orgasmo que me faltaban, propios y ajenos,
para las noches que duraron años y los días que duraron un instante entre noche y noche,
para perderle el rechazo al amor y el respeto al sexo,
para reafirmar compromisos antiguos y comprometerse con placeres nuevos,
y para reencontrarse con uno mismo en alguien más.
Desde los veinticinco hasta los veintisiete años fueron unos años muy buenos.

Desde los veintiocho hasta los treinta años fueron unos años muy buenos:
fueron años muy buenos para enterarme (como otras se enteran que están embarazadas) que amaba,
para encontrar el balance perfecto entre sexo y amor, entre libertad y entrega, entre monogamia y poligamia, entre persona y personaje; para la muerte y resurrección de fantasías sexuales.
Callar por horas fue como coger por horas cuando tenía entre veintiocho y treinta años.

Cuando tenía treinta y un años fue un año muy bueno:
fue un año muy bueno para las alineaciones de planetas, de chakras y de genitales,
fue un año muy bueno para rechazar aquella división entre sexo oral, anal y vaginal,
fue un año muy bueno para revivir polvos pasados y para reconstruir polvos actuales,
fue un año muy bueno para un recambio de sábanas mentales y viajes sexo-astrales,
fue un año muy bueno para dejar de ser quien no soy y para empezar a ser lo que somos.
Cuando tenía treinta y un años.

Para mí los días siempre fueron cortos, mientras que las noches siempre fueron largas.
Aún no estoy en el otoño del año ni pienso en mi vida como un vino añejo de buenos y viejos barriles (aunque tal vez mis fluidos lo sean).

Desde el borde hasta la última gota, y lo vertía dulce y claro (y lo bebieron hasta amargo y oscuro).
Fueron dos décadas muy buenas.