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Nadie sabe lo que quiere

 Publicado el 18.05.15 en Diario El Pilin  Las mujeres no saben lo que quieren, dicen sí cuando quieren decir no , dicen tal vez c...

14 feb. 2016

De nada

Imagen cortesía de Acroix.
Imagen cortesía de Acroix.
 Publicado en Septiembre 2015 en ConLaOrejaRoja

Ya no se puede hablar de nada. En las conversaciones siempre han existido temas ideales para romper el hielo, como el clima, las salidas de fin de semana, gustos personales en comida, ropa u otros elementos de uso cotidiano, a los que casi nadie puede oponerse porque no le afectan directamente. Y temas tabú, que nos afectan a todos por igual, más allá de la opinión que tengamos, como política, sexualidades y religiones, que se intentaba esquivar so pena de distanciar parejas, destruir momentos familiares y hasta dinamitar amistades de toda la vida.
En una sociedad de mente y piernas abiertas tendríamos que poder hablar de todo con todos, pero resulta que cuanto más vamos abriendo la mente, más cerramos las piernas, o cuanto más abrimos las piernas, más cerramos la mente. Quizá por eso tengo hoy la sensación de que, mientras nos vamos alejando cada vez más de la posibilidad de conectar con otr@s, cada vez más temas que antaño se podían tocar sin problemas, se vuelven inconversables. Mientras que nuevos puntos de vista sobre los viejos temas o incluso, temas urgentes, actuales y de los que hay que hablar aunque no nos guste hacerlo, se vuelven peligrosos y quienes se atreven a tocarlos, sospechosos.
Esto podría ser porque en un momento histórico de transición sociocultural y económica, estamos cuestionando las bases de nuestras formas de vida, consumo, agrupación y convivencia medioambiental. Con las instituciones tradicionales tan en crisis como los valores y contextos que las sustentaron, ya no se puede hablar educadamente sobre educación, sanamente sobre salud, justamente sobre justicia ni sobre seguridad sin sentirse un poco (o demasiado) insegur@. Aunque también podría ser por razones más sencillas, como porque estamos siempre un poco (o demasiado) malcogid@s.
No se puede hablar de trabajo sin reflexionar sobre esclavitudes históricas, genéricas y personales pasadas y presentes, ni dejar de imaginar las futuras.
No se puede hablar de logros personales sin parecer petulante o sin insultar, un poco al menos, la diferencia de posibilidades de acceso y distribución de la riqueza y/o bienes culturales que otras personas que ambicionaban lo mismo tuvieron.
No se puede hablar de noticias internacionales sin sentir que el país al que uno está atado como siervo de la gleba a su pedacito de tierra es el último orejón del tarro.
No se puede hablar de idiomas sin caer en consideraciones sobre el alcance del poderío económico de los países en los que se hablan o de la imposibilidad de comprender un universo simbólico global de quienes no hablan más que el que le escucharon a su mamá.
No se puede hablar del clima sin recordar o temer desastres naturales pobremente previstos o asistidos por los gobiernos de turno, evitando el tema con el mismo respeto con que otras civilizaciones antiguas intentaban evitar los rayos de Zeus.
No se puede hablar de política porque en realidad no hay políticas públicas, hay caras conocidas o desconocidas encargadas de que les sigamos votando, apoyando o aborreciendo y sigamos apoyando cierta forma de gobierno y cierta ciudadanía.
No se puede hablar de religiones porque en vez de hablar de fe y creencias terminamos hablando de estructuras de poder que tienen voz y voto en las pocas políticas públicas que hay. Y para colmo una voz que sigue repitiendo sin eco los mismos mensajes de siempre.
No se puede hablar de historia porque la mayoría no tiene memoria, y quienes la tienen, la ven a través de los anteojos de su ideología o la aprendieron de un manual diferente.
No se puede hablar de sexo porque están en crisis las identidades sexuales de nacimiento, y no sabes nunca cuando puedes estar hablando con alguien que no salió del clóset o una persona trans o pan.
No se puede hablar de sexualidad porque parece que ya no hay una sola, única, hetero, adulta, legalizada y reproductiva, parece que hay sexualidades, y seguramente, tú conoces una sola: la tuya, aunque a veces, te creas con derecho a opinar de las demás.
No se puede hablar de música, porque la noción misma de lo que es música o lo que no nos puede desunir, porque las bandas que contribuyeron a su definición se han separado o ya no existen, o tú no has participado en ningún recital y los demás sí, convirtiéndote la sola distancia generacional o económica en un incapacitado musical.
No se puede hablar de literatura, porque aparece la eterna diferenciación de lo clásico y lo alternativo, las diferencias socioculturales asociadas a la lectura de tal o cual autor, la negación de la existencia del género autoayuda y otros. Mucho menos osemos pensar que los blogs, tuits y mensajes de texto podrían algún vez llegar a formar parte de ese sancta santorum que es la palabra escrita y publicada, digno de unos pocos elegidos.
No se puede hablar de deportes, porque aparecen los fanatismos, la agresión verbal o hasta la violencia de leve a grave, la incapacidad de justificar lógicamente la necesidad ilógica de descargar todas las tensiones humanas en un coliseo romano en formato más actual.
No se puede hablar de chismes, porque nuestras redes sociales totalmente abiertas al público, nuestras fotos de cada momento de nuestras vidas desde que nos levantamos hasta las veces diarias que vamos al baño, nos hacen blanco fácil de un contraataque a cualquier comentario que podamos tener sobre la vida ajena.
Si ya no podemos hablar de nada, coger podría ser la única forma de comunicación que nos queda. Honesta y silenciosa, cuando es consentida, consensuada y anticonceptiva.