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 Publicado el 18.05.15 en Diario El Pilin  Las mujeres no saben lo que quieren, dicen sí cuando quieren decir no , dicen tal vez c...

14 feb. 2016

Cosas que no aprendí de pequeña


Insertarse en la sociedad en la que a uno lo han parido necesita de apropiarse de la cultura preexistente. Si bien a l@s niñ@s y adolescentes se los manda a instruirse a la escuela, la mayor parte de la educación ocurre en casa, a modo de aprendizaje accidental, que es todo aquello que es transmitido sin darse cuenta. Así se dictó durante generaciones una serie de clases de educación sexual sin currículum ni profesor ni más forma de aprobación que ver cómo a cada uno le iba en su vida sexual. Incluso existiendo hoy en los sistemas educativos esta materia o este eje curricular a tratar, muchas veces incluido por ley, la sociedad sigue resistiéndose a hablar de sexo y sexualidades con los jóvenes de manera directa, eficaz y contextualizada en los tiempos que corren (y en que nos corremos). 

El doble mensaje es enseñar una cosa desde la teoría y otra desde la práctica. Es lo que genera confusiones que luego hacen a las personas permeables a las dobles morales y los dobles discursos. Y todo ese proceso de enseñanza accidental y aprendizaje de género ocurre en el seno de la institución más importante dentro de los mecanismos de presión social: la “sagrada” familia. Y luego, el segundo más importante: la escuela. La familia, por ejemplo, nuclear y tradicional, en la que la última palabra la sigue teniendo el padre, y cuando no, a veces por palabra entiéndase también golpe. La escuela, por ejemplo, aún normalizadora, que nos dice que somos todos iguales y tenemos igualdad de derechos, pero que sigue formando en dos filas distintas a varones y a  mujeres.

Un nudo de rechazo en la panza me generaron y me generan inconscientemente las situaciones de desigualdad diarias que hemos aceptado como naturales. Y quizá sea por eso que para lo teórico fui una excelente alumna y para lo práctico, la peor de las aprendices. Al principio, un@ aprende todo lo que le enseñan, planificada o accidentalmente. Pero con el tiempo, comienza a reflexionar sobre lo aprendido, pero más aún, sobre lo enseñado. Aquí van algunas enseñanzas de género que no aprendí de pequeña:

No aprendí que los hombres se sientan a la mesa mientras que todo el proceso de cocinar, poner la mesa, levantar la mesa y lavar los platos lo realizan las mujeres de la casa.

No aprendí que una mujer no puede vivir sola porque siempre tiene que depender económica, emocional o simbólicamente de un hombre.

No aprendí que aunque hombre y mujer salgan a trabajar los dos, el que administra el dinero es el hombre y la que hace las compras es la mujer.

No aprendí que hijos y adultos mayores quedan a cargo de la mujer o mujeres de la casa por mandato divino.

No aprendí a estar flojita y cooperando en la cama, para que mi cuerpo se use para el placer de un hombre sin importar el mío.

No aprendí que en los funerales los ataúdes los cargan solamente los hombres, aunque para alguna de las mujeres asistentes ese ser que despide sea el más querido.

No aprendí a callarme en reuniones, a ceder la palabra a los hombres, a aceptar un “lo dices porque eres mujer”, un golpe o un grito como argumento único para finalizar un debate. Aunque me conformé muchas veces con que se rieran de mis chistes solamente cuando un hombre los volvía a contar.

No aprendí a recibir flores, a no poder decir que no a un piropo o a un beso no deseado, a usar mi cuerpo o mi sensualidad femenina para conseguir favores, a que me dejaran pasar primero sabiendo que me iban a mirar el culo y haciendo de cuenta que era un gesto de caballerosidad.

No aprendí a cruzar las piernas, a cerrar la boca, a ocupar el lugar que otros imaginaron para mí solamente por tener vagina, a vestirme todo el tiempo para seducir. Aunque diseñé, como tantas otras, mi rutina antiviolación diaria.

No aprendí que el hombre es el que tiene el control sobre el control remoto de la TV, el que aprueba o desaprueba las interacciones fuera del hogar y el que mejor conduce los vehículos.

No aprendí que el hombre tiene necesidades físicas que son más fuertes que cualquier razón, que no puede evitar violar, romper pactos de fidelidad y le da un derecho específico a la masturbación que la mujer no tiene.

No aprendí que el hombre por tener pene es instantáneamente mejor que la mujer para las matemáticas, para las tecnologías, los videojuegos y para los deportes.

No aprendí que la mujer tiene sexo solamente para tener hijos, y que tiene hijos  cuando y cada vez que el hombre quiera tenerlos.

No aprendí a aceptar golpes correctivos ni a sentirme objeto de propiedad de un hombre, aunque éste fuera mi padre.

No aprendí que para decidir casarme necesitara la aprobación de un hombre para cambiar al hombre del que necesitaría aprobación el resto de mi vida.

No aprendí que los juguetes de los niños y sus juegos deben ser distintos a los de las niñas. El único juguete unisex era el libro, pero no todos los libros eran unisex.

No aprendí que la mujer debe estar siempre en su peso ideal, comer para vivir, estar depilada y cuidar su apariencia mientras que el hombre puede pesar lo que quiera, comer por placer, no depilarse y descuidar su apariencia con menores consecuencias sociales.

No aprendí que una mujer soltera es una señorita y una casada es una señora mientras que el hombre siempre es un señor.

Un poco por suerte y mucho por elección hay cosas que no aprendí de pequeña. No porque no quisieran enseñármelas, estaban ahí, transmitidas por las mujeres que me rodeaban que no pudieron o no quisieron desaprenderlas, impuestas por los hombres que me rodeaban a quienes no les convenía que las desaprendiera, desde que me despertaba por la mañana hasta que me acostaba cada noche, restregándome en la cara un destino social adosado a mi género desde antes del intento de insertarme en la sociedad a la que me habían parido, quizá también sin poder elegirlo.