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2 feb. 2016

Con sumo placer

 Publicado el 26.03.15 en Tantras Urbanos

Transformamos el placer en salvavidas para sobrellevar una existencia que no nos satisface, en un país al que no elegimos pertenecer, en trabajos que nos mantienen dentro del sistema pero con la amenaza constante de quedar afuera, rodeados de personas a quienes en su mayoría no nos interesa conocer (ni siquiera en la cama), intentando que el motor inmóvil del amor nos sirva de destino, combustible y recompensa. Nos olvidamos de que el placer no es otra droga más que una sociedad hipócrita se obliga a vender y comprar en la ilegalidad, cuyos efectos tenemos que ocultar para que no se note abiertamente que disfrutamos.
Que los zapatos, que los perfumes, que las velas, que la música, que la frase justa, leída, copiada, repetida de memoria, elaborada para muchos ojos y seleccionada para los tuyos, que tal o cual cantidad de dinero en el bolsillo, que tal almohada y forma de despertar a tu lado, que tal desayuno, que tal calefacción o refrigeración del dormitorio, que más y qué menos para despertar el deseo, si es que todavía queda algo que ser despertado, con convenciones ni nuevas ni viejas, innovadas.
Que la cama no sea demasiado dura ni demasiado mullida, que no esté en el suelo directamente pero que no sea tan alta que complique ciertas posiciones sexuales, que tanto colchón como estructura sean de buena calidad, para evitar sonidos molestos o molestias físicas. Que las sábanas sean de tal o cual material, para sentirnos acariciados por los objetos al igual que por las personas.
Que la anticoncepción necesaria y voluntaria sin la cual cada acto sexual podría convertirse en un nuevo ser vivo que podemos o no estar en condiciones mentales, espirituales o económicas de recibir.
Que la luz tiene que estar encendida, porque hacerlo con la luz apagada es de frígid@s
Quizá ésta sea la parte de la preparación para el sexo que menos de humor para el sexo nos pone, pero estarán de acuerdo conmigo en que es tan indispensable para la elección personal como costosa para nuestros bolsillos y redituable para los bolsillos de los demás (aunque no tan redituable como sería que cada acto sexual se convirtiera en un nuevo ser vivo).
Que la luz tiene que estar encendida, porque hacerlo con la luz apagada es de frígid@s o de anacrónic@s. O que hay que encontrar un término medio de luces encendidas que aún permitan cierto misterio, pero favoreciendo nuestro perfil y minimizando las imperfecciones, porque la luz totalmente encendida es el nuevo la luz apagada de antaño, porque pareciera que hay que ser visualmente perfect@ para ser dign@ de disfrutar y ser disfrutad@, porque si no estamos siempre list@s para la foto o el video en alta definición, nunca podremos “demostrar” que sí tenemos sexo.
Que la lencería tiene que apretar aquí, soltar allá, resaltar tal o cual parte, disimular la otra, en vez de desnudarnos por completo, lo hacemos selectivamente, y entonces, percibimos también selectiva la desnudez ajena, aunque quizá no lo sea.
Que el lubricante tiene que ser el apropiado, porque ya nada nos genera lubricación propia, de tal o cual textura, sabor, sensación frío-calor-arenadeplaya-pastodebaldío, de en vez de hacerlo sea invierno o verano, o de ir a hacerlo a la playa o al baldío.
Que el cuerpo tiene que estar trabajado en el gym, porque al natural no nos excita, tiene que estar mediado, modificado, tiene que encajar en un modelo de belleza determinada que sea digna de despertar el deseo colectivo de una época, una sociedad, una cultura imperante, porque la realidad del cuerpo es demasiado para un deseo ficcional y porque el deseo particular no tiene lugar en el deseo masificado.
Transformamos cualquier cosa que encontramos en el camino en afrodisíaco, porque todo lo sexual ya viene desde afuera, lo consumimos, no lo generamos. La búsqueda de r-evolucionar nuestras experiencias sexuales se convirtió en carrera y la meta de la autorrealización personal se convirtió en otro parador comercial en el que consumo es igual a placer y no hay otro objetivo que el de seguir disfrutando, digo, consumiendo.
Al final, necesitamos tanto accesorio para coger, que no me queda claro si disfrutamos coger o acumular extras y trofeos sexuales, convirtiendo el disfrutar en otro acto de consumo más en vez de en ese instante único de existir y alejarnos aunque sea un momento de nuestra vida de trabajador y nuestro destino de consumidor.
Consumo placer.