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14 feb. 2016

Chivo fumatorio

Publicado en Agosto 2015 en ConLaOrejaRoj


Los mensajes relacionados con el uso, abuso y adicción al tabaco han pasado de preventivos a discriminatorios.
Imaginen que yo estuviera autorizada socialmente a decirle ME ENFERMAS a cada malcogido que me cruzo, porque a mí, figurada y hasta literalmente, ese tipo de actitudes me enferman. Pero no, no hay ninguna forma de prevención establecida ni ningún cartel que avale la persecución pública de mi virtual enemigo encarnado en tal o cual persona: el malcogimiento. Aún así en un cartel leí, sobre fumar: “¿Te molesta? No, me enferma.” Pero no aclara que lo que enferma es el hábito, no la persona que elige practicarlo; el mensaje final pareciera ser: tu persona me enferma. Sin querer queriendo y sin saber, sabiendo, quedas catalogado como enfermo por tus elecciones de vida. Porque sí, te guste o no, los vicios también son elecciones de vida. No las tuyas, claro, y estás en todo tu derecho de elegir ser una persona sana y libre de humo como los demás de elegir no serlo. También de malcoger y ser malcogid@, hasta donde empieza mi derecho a coger y a buscar una vida sexual plena (en mi propio sentido de plenitud).
Si no lo entiendes aún, piensa en la contaminación provocada por los automóviles. Tú puedes reclamarme todo lo que quieras que no fumas y no tienes por qué aspirar mi humo, y yo podría reclamarte que yo uso transporte público y no tendría por qué aspirar lo que sale del escape de tu auto y respirar smog, sobre todo cuando problablemente caes en la enfermedad bastante común del abuso del transporte privado, como viajar siempre de a uno o salir a buscar el diario a dos cuadras sin levantar tu culo del carro. Siempre habrá alguna consecuencia global que podamos reclamarle a las decisiones personales, pero como sociedad elegimos poner la atención en algunas decisiones y en algunas consecuencias. Y no de forma inocente o ingenua.
Las imágenes y mensajes antitabaco en los paquetes de cigarrillo castigan al que lo consume, pero no a la empresa que lo comercializa. Si cada producto que consumimos viniera con una advertencia relacionada con posibles consecuencias de salud o nos advirtiera sobre aspectos negativos a nivel general, ya me gustaría ver un recuento de cuántos árboles se han cortado para que yo pueda limpiarme después de ir al baño o escribir mis cuentos, cuántos animales han sufrido para que yo me coma ese asado o beba ese vaso de leche, cuántas personas han realizado trabajo esclavo para que yo pueda tomarme un mate o beberme mi taza diaria de café.
Básicamente, estamos satanizando algunos consumos y no otros, y no desde nuestra forma de pensar o de vivir, desde la convención social.
Esas dichosas imágenes no castigan solamente la práctica de fumar, sino que se meten con otras elecciones de vida aún más íntimas, como el género de nacimiento no de elección, tener hijos o tener sexo. En países en que el derecho a decidir reclamado por un sector social al menos, no está aceptado ni garantizado, colocar imágenes de panzas hinchadas con frases como “fumar mata a tu bebé”, como mínimo, debería despertar una o dos alertas de pensamiento independiente. ¿Acaso no nos muestran también un pene caído hecho de cigarrillo, indicando una supuesta relación directa entre fumar y la disfunción eréctil sin aportar datos de investigaciones reales? Que no discriminaciones de género, porque no nos plantea un supuesto correlato con disfunciones de la sexualidad femenina. Además, a la mujer el cigarrillo pareciera no afectarle el placer, sí la responsabilidad maternal. Mientras que no se muestra responsabilidad paternal alguna por haberla puesto y embarazado, reforzando otro tipo de estereotipos de desigualdades de género. Y esta estadística, además de irrespetuosa, tiene algo de irreal, porque ¿quien no ha terminado un buen polvo con un buen cigarro? Incluso, los no fumadores han llegado a hacerlo alguna vez. Y a muchos no fumadores no se les para por otras razones distintas del cigarro.
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Imagen cortesía de photoalto.net

Aún siendo fumadora social u ocasional, pude entender el perjuicio que supone el humo para quien no fuma y alegrarme cuando en mi país de origen se restringieron los espacios para fumadores, aceptando la incomodidad de irme a fumar afuera en pleno invierno, además de las miradas desaprobadoras. Pero ya cuando estamos debatiendo si se puede fumar o no fuera de tu propia casa, cuando se persigue a los fumadores con frases cargadas de malcogimiento sin derecho a réplica, que pareciera que son derecho de quien no fuma imponer a quien sí, como por ejemplo: acá no podés fumar, tranquilo, te estoy ahorrando horas de vida… aún cuando a mí esto no me afecte directamente (no fumo de manera constante), sí lo hace indirectamente (acepto la descarga del malcogimiento ajeno y me hago cómplice de su malcoger al no rechazar esa intromisión en la vida personal de otro con la que no acuerdo). Al final, vivir en sociedad termina siendo aceptar las contaminaciones del medio del otro, bajo el contrato tácito de que el otro aceptará las propias (aunque al final nadie aguante a nadie).
Además, si vamos al caso, me parece que para seguir en el camino de respetar los espacios personales dentro de los espacios sociales, también habría que implementar sectores especiales para mascostas, para niños, para uso de celulares, para peleas de pareja y manifestaciones de violencia intrafamilar leve (esas que quedan permitidas en los intersticios de la ley), para escuchar música sin auriculares y para piropear o mirar lascivamente, que pareciera que fumar es el único acto personal molesto a nivel social que está permitido reclamarle al otro públicamente sin miedo a una confrontación. O generar una confrontación para descargar tensiones en el otro, sabiendo que ya está ganada por hallarse del lado correcto del pre-juicio social.
Las nuevas guerras santas han excedido los límites de las religiones y se han trasladado a las decisiones más prácticas del día a día. Dejamos de perseguir (o decimos que dejamos de perseguir o como adictos en constante recuperación, estamos intentando dejarlo) a negros, judíos, mujeres que no aceptan su rol socialmente impuesto y homosexuales, para poder centrarnos en otras minorías que en este momento histórico es políticamente correcto perseguir: los gordos, los usuarios, abusadores o adictos a sustancias no legalizadas, los pobres, los fumadores.
En el fondo, cojan o no, todo es relacionable con sexualidad. Porque, una sociedad malcogida, persiste en la búsqueda de espacios de válvula de escape de tensiones sociales, como el bullying no permitido y el que sí lo está.
Pareciera que quisiéramos combatir algunas de las adicciones pre-seleccionadas que no encajan en el estado mental colectivo de una sociedad extremadamente consumista (no nos ocupamos de las adicciones a la TV o a la imagen, por ejemplo) pero sin lograr combatir la única enfermedad que como sociedad realmente nos aqueja: la incapacidad de sentir, expresarse y vivir/dejar vivir con respeto.