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2 oct. 2015

Dormir en pareja, ¿no es dormir?


Publicado en Marzo 2015 ConLaOrejaRoja

Mucho se ha dicho sobre cómo dormir de a dos es distinto de dormir solo. Pero casi siempre en el sentido negativo de lo que nos cuesta compartir la cama cuando no estamos teniendo sexo. Me gustaría aportar algunas consideraciones más positivas teniendo en cuenta que la cama es el suelo, el techo y las paredes de ese pequeño universo de placer privado que nos es común pero tan distinto.Y que cuando realmente queremos a alguien en nuestras vidas, despertarnos con él/ella/ell@s es aún más importante que habernos acostado con él/ella/ell@s.
Nos olvidamos que en la historia de la humanidad durante siglos existió la cama común, ésa en la que dormían toda o varios miembros de la familia. Aún hoy hay algunas filosofías y hasta situaciones de vida que plantean la elección o la necesidad de descansar en manada. Y la cama como hoy la conocemos, para uno o dos, como máximo, era (y quizá otra vez es) un privilegio de los nobles y pudientes.
Hay quienes prefieren dormir sol@s, entonces para ell@s tener que compartir ese divino espacio de descanso es un infierno.
Pateaban a sus herman@s, prim@s o invitad@s cuando les obligaban a cederles un lugarcito de cama, odiaban tener que intentar dormirse oliendo las fragancias del cuerpo ajeno. Hay quienes, desde pequeñ@s, escapaban a la cama de sus padres ante el menor ruido, viento o trueno, poniendo en evidencia que la soledad de la cama siempre les fue pesada. Disfrutaban esas ocasiones en que podían dormir con herman@s, prim@s, amig@s o invita@s, mucho más que ese común denominador de tener que descansar en soledad hasta alcanzar la mayoría de edad o hasta encontrar alguien que quiera quedarse a compartir la cama (quien quiera que sea).
Hay edades en que la soledad tiene significados sociales distintos: damos por sentado que el/la niñ@ no se siente mal durmiendo sol@ mientras los adultos a su alrededor generalmente duermen de a dos. Ni el adolescente, aunque su cuerpo comience a sentirse incompleto sin otro cuerpo cualquiera e incluso cuando ya tiene un@ novi@ con quien ansía compartir los días y las noches. Y si empieza a compartir su cama, esto se convierte para el adulto en un conflicto a resolver, en una situación de tensión no sexual (de la sexualidad propia, aunque sí de la ajena).
Los adultos jóvenes y de mediana edad, a veces se acostumbran tanto a dormir de a dos, que si la pareja viaja, no pueden dormir, o tienen pesadillas, o vuelven a intentar dormir con los hij@s, amig@s, padres (si no directamente con el/la otr@, je, je). Los adultos mayores generalmente duermen sol@s cuando han perdido a su pareja, y también generalmente, se entiende que están esperando la muerte. Automáticamente hacemos un silencio de cementerio ante una cama de adulto mayor, evitamos sentarnos en ella, como si más que lecho ya fuera una tumba.Se estima una diferencia, socialmente naturalizada, entre lo que significa para un hombre dormir con una mujer: erección incómoda, brazo aplastado, pelo en la cara.
No se me ocurre cómo una erección puede resultar incómoda si entendemos cómo funcionan el pene y el deseo (compartido); hay formas de ponerse que no aplasten el brazo y puedes recogerte el pelo o colocarlo debajo de la cabeza, aunque no se me ocurre nada más levemente sensual que oler el pelo de la pareja.
También se estima otra diferencia, socialmente naturalizada, entre lo que significa para una mujer dormir con un hombre: cómodo, romántico, sentir protección. Nos olvidamos que también hay mujeres que prefieren dormir solas, que escapan de la cama de sus amantes de noche, que sufren insomnio si la costumbre social les impone dormir con el marido. Que si vivimos en igualdad real, no existe la necesidad real de protección masculina a la población femenina y mucho menos el sentir placer al cumplir con el estereotipo DISFRUTANDO la protección o padeciendo su falta.Como siempre, hago hincapié en que en vez de dividir cada problemática de relación social íntima por géneros (y generalmente, siempre los biológicos), hay que animarse a ver los puntos en común: a tod@s nos molestan los ronquidos, los gases, los movimientos bruscos o el peso muerto, el hablar en sueños, el robarse las sábanas, las babas, los olores, el exceso de calor humano, no poder dormir estirados y el mal aliento, sin importar cuán enamorados estemos o cuanto nos excite dormirnos o despertarnos con el sujeto de nuestro afecto.
Podríamos tranquilamente elegir compartir el lecho para tener sexo y después, retirarnos cada uno a una cama individual para el descanso (como hacían much@s reyes y reinas). Cuando pensamos una cucharita, casi siempre pensamos en el hombre rodeando a la mujer, desechando la idea de que también la mujer puede rodear con su cuerpo el del hombre, que ellos también necesitan sentirse protegidos, protagonistas del romance y no actores secundarios, que se puede liberar la erección sin que tener que apoyarla en una espalda, que el trasero del hombre también siente, desea ser acariciado o apoyado y que no es una amenaza a la heterosexualidad permitirlo.
A mí me parece que hay ciertas incomodidades que bien valen la pena al dormir como dos, tanto como la mínima seguridad de tener sexo con condón vale la pena ciertas incomodidades durante el acto sexual.
Dormir en pareja es una concesión social, un instante de infancia perdida recuperado en compañía, un escapar a la muerte, un guante echado a la cara de la soledad. Al final de la noche más larga que nos toque soñar, dormiremos sol@s, lo hayamos elegido o no. Entonces, ¿por qué en vez de quejarnos, no disfrutar todas y cada una de esas veces en que podamos atravesar la noche acompañad@s?