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 Publicado el 18.05.15 en Diario El Pilin  Las mujeres no saben lo que quieren, dicen sí cuando quieren decir no , dicen tal vez c...

28 sept. 2015

De mujer a persona (a.k.a La posguerra de los sexos)



 Publicado el 28.09.2015 con Diario El Pilín

Ni siquiera sé si me considero mujer, si creo en los géneros, si estoy de acuerdo con los estereotipos masculinos o femeninos que parecieran una historia de nunca acabar (sí, en los dos sentidos, por supuesto). Definitivamente NO me siento distinta a otro ser porque tiene las pelotas afuera, en vez de tenerlas adentro, sea que le crecieron así o que eligió utilizar la ciencia y la tecnología para decidir cómo quiso que le crezcan. Pero en esos momentos en que el mundo me mira mal a mí por algo que al otro género de nacimiento se le celebra, o que mis calzones se tiñen de rojo una vez por mes, o que me defiendo de un piropo en la calle o que descubro que pasadas las 9 de la noche tengo una rutina antiviolación de regreso a casa, recuerdo que sin importar lo que yo sea, el mundo me cree y me trata como mujer. Pero sobre todo lo recuerdo cuando veo, siento, huelo, escucho y leo a nuestras niñas y adolescentes padeciendo aún estigmas, dificultades, presiones y aprendizajes sociales similares a los que me tocó soportar.

No hace falta que te diga que no tenemos que aguantarlo más. Nacer en un cuerpo de mujer no tiene por qué ser distinto a nacer en un cuerpo de hombre. Cuando empieza, en la primera infancia, la historieta de enfocarse en las diferencias en vez de las similitudes, empieza el drama de ver que la realización plena de tus derechos no existe si tu envase es femenino. ¿De qué nos sirven, a esta altura del cuento, todas las princesas y los romances de la literatura o el cine infantil y juvenil? No será un hombre rico montado en un caballo blanco el que te lleve de la mano a ejercer tu libre albedrío ni a hacer uso de tus libertades individuales. Pareciera que nos ponemos contentas y nos conformamos con cada mendrugo de libertad que nos permiten, mientras madres e hijas cantan juntas la canción de Frozen.

Y eso que hoy tenemos, en teoría y al menos en algunas zonas de occidente, el mayor nivel de equidad hombre-mujer que se haya visto en la historia del mundo como la conocemos. Pero no olvidaremos que fuimos un objeto de comercio en la transacción económico-política del matrimonio. No olvidaremos las persecuciones por brujas, prostitutas, libertinas, feministas y lesbianas. No olvidaremos la anulación de nuestro placer sexual sin importar cuántos días del orgasmo nos dediquen ni cuántos consoladores nuevos desarrollen para suplir la delicadeza que a muchos penes les falta. No olvidaremos esas denuncias de violencia intrafamiliar que no nos aceptaron en los destacamentos policiales por estimar que “el novio/marido le pega lo suficiente” o “se lo habrá buscado”. Ni a los médicos que se niegan a realizar la anticoncepción quirúrgica o a brindar anticonceptivos basándose en edad, estrato social o algún otro prejuicio. No olvidaremos que si nos emborrachamos el hombre tiene derecho a violar y nosotras la obligación de ser violadas. Y mucho menos que aún no podemos elegir plenamente qué hacer con nuestros cuerpos ni con sus consecuencias biológicas. Ni tú ni yo pedimos tener un cuerpo que esté en el centro del proceso de gestación de vida. Pero tú y yo sí estamos pidiendo poder ejercer el derecho a decidir cuándo, con quién, en qué condiciones y cómo darla o no.

Hombres, estamos lejos aún de estar a mano, y esta deuda moral e histórica pesará todavía durante mucho tiempo entre nosotros si no la saldamos de inmediato. Mientras puedas intentar callarme con un “eso es porque eres mujer” o “las mujeres piensan con las gónadas”, sin importar el motivo del diálogo, aún estamos lejos de estar en paz. Como en cualquier guerra, alguien se rinde o alguien toma una medida drástica, se escriben acuerdos, se distribuyen responsabilidades, se pagan multas económicas representativas de un intento de reparación. No podremos recomponer nuestras relaciones, y aunque valientes aquí y allá sigan/sigamos intentándolo, fuera de los límites de su relación de pareja o de su hogar, el mundo sigue imponiendo diferencias y dificultando el ejercicio de los derechos o imponiendo obligaciones anacrónicas desde un supuesto estado laico que no es tal y desde una supuesta liberación femenina que no es más que un permiso masculino de cama.

Ser mujer no nos hace ciudadanas de segunda, ni carne de cañón en las batallas por el poder. Podremos ser hombres, mujeres y otros, pero en principio, somos personas. “Todo hombre es persona” ya no es válido como afirmación constitucional, “toda persona es persona” parece redundante, pero pensándolo bien, resulta mucho más real en su ironía. Y quizá, cuando dejemos de enfocarnos en la diferencia, nos demos cuenta de que estamos peleando entre nosotros cuando el enemigo es aquello que nos condena a no ser considerados personas y al respeto de los derechos “humanos” básicos tan famosos y que tanto brillan por su ausencia.

Dejemos de aceptar que la porción de violencia que nos toca se llame de género, pues es violencia y punto. Dejemos de acostarnos con alguien cuando no deseamos hacerlo o con quienes no nos muestren el respeto mínimo necesario para dar lugar a la confianza mutua de la que se obtiene placer. Dejemos de tener sexo sin protección porque el hombre quiere tener hijos o porque no quiere usar condón y demandemos el desarrollo y la inversión en anticonceptivos para hombres o que no disminuyan nuestro deseo o interfieran con nuestro organismo. Dejemos de sentirnos intimidadas por las interacciones de los hombres en la calle, que empiecen a cuidarse ellos de cómo interactúan con nosotras. Ofrezcamos ayuda o contención a otras personas cuando atraviesan situaciones de violencia o abuso sexual, más allá de los procesos de denuncia e intervención de la ley; cortemos nosotras el estigma de haber sido violadas o maltratadas, ya que no solamente un gran porcentaje lo vive/vivió en silencio sino que incluso ha traído hijos al mundo producto de esa violencia o maltrato. No aceptemos leyes que se impongan sobre nuestros cuerpos o capacidades de decisión sin haberlas votado nosotras mismas, sin estar igualmente representadas y remuneradas. Que no se atrevan a tocar a nuestros hij@s, sí, es@s que nos obligan legalmente a parir, con intenciones violentas o sexuales; que teman nuestra furia, nuestra represalia, nuestra condena, nuestra nada santa Inquisición. Y si aún así nada cambia, dejemos de parir sus hijos. Dejemos incluso de tener sexo. Quizá cuando se den cuenta de que el destino del mundo sigue estando entre nuestras piernas, a pesar de todos los obstáculos para caminar y follar en libertad que nos han sido impuestos, algo cambie. Hombres, elegimos igual, y quizá dejaremos de elegirlos.

Como en cualquier guerra, si nadie está dispuesto a rendirse, nunca hay un final y ya es hora de construir la sociedad de la posguerra de los sexos. De dejar de hablar de mujer a mujer, o de hombre a mujer, de empezar a vivir y convivir de persona en persona.